Monday, June 19, 2006

Los Fuegos de Cienfuegos

Cien Fuegos

Érase una vez, una calle llamada Cienfuegos, donde habitaban unas chicas muy aguerridas, bellas y díscolas (ambas características suelen ir juntas), en una casita preciosa, llamada Pensionado de Obstetricia. Como el lector ya habrá colegido, en efecto, aquella casita albergaba a las chicas de la Escuela de Obstetricia de la Facultad de Medicina -de la U. de Chile- por allá por los años hermosos y terribles, y a otras provenientes de carreras afines (enfermería, tecnología médica) y no tan afines (servicio social, geología, por ejemplo). En cualquier dcaso, todas ellas honraban al conglomerado y cumplían con la condición de ser provincianas y de no disponer de recursos para vivir en la Capital, durante su período de estudios. Sí, porque entonces recibíamos la ayuda del Estado para lo que era menester y mejor no me pongo a dar más razones sobre aquello, porque la cosa puede derivar en manifiesto político. Y no es la intención, por lo menos por ahora.

Muchos años más tarde, mucha agua bajo el puente cienfueguino habiendo ya corrido, nació el increíble y -cómo decirlo- incomparable Taller Literario Cien Fuegos, cuyo nombre es, obviamente, una suerte de paráfrasis de aquella calle célebre del centro capitalino. Porque Cien Fuegos nace en y por el reencuentro con esas chicas de entonces, compañeras de casa, noche, tardes de lluvia, cachirulos, tratados de anatomía, campeonatos de ping-pong, muchacha italiana que venía a casarse y tantas yerbas que hoy hemos re-vivido en los encuentros, luego de andar perdidas durante tantos años, no por 'falta de cariño', porque nos queremos con el alma como en el bolero, sino por el abismo que abrió entre nosotros esa fractura que partió a Chile en dos, hace tanto tiempo y tan poco a la vez. Entonces le andamos recuperando el cariño, volviendo a vernos en mesas amplias con largos almuerzos o en cafecitos o el cumpleaños de alguna o en un café o, ...y en el taller, donde el ejercicio creativo se mezcla con el placer de compartir ese par de horas donde hemos derramado palabras y lágrimas y risas y abrazos.

Las cienfueguinas que llegan todas las semanas a adentrarse en los caminos de la fantasía verosímil, me han regalado con su compañía, haciéndome creer que yo puedo señalarles el camino de sus plumas creativas, cuando, en realidad, vienen ellas a ofrecerme su solidaridad, más allá del genuino interés que han demostrado en los quehaceres metafóricos y críticos. Ellas son, hoy, esa flor que antes bordeaba con naturalidad nuestros caminos: la amistad incondicional, el espacio para el encuentro y los brazos abiertos.


Han nacido así, Cien Fuegos Uno y Cien Fuegos Dos.

Pruebas al canto: Mis cienfueguinas iniciáticas han producido este 'cadáver exquisito' que no deja de sorprender por su coincidencia temática. Para los que no saben, tal denominación tiene raíces surrealistas y consiste en crear un relato colectivo, en el que uno a uno, en este caso una a una, cada participante escribe unas líneas, dobla el papel para tapar lo escrito y deja la última palabra al descubierto, para que el/la siguiente continúe, hasta completar la rueda de asistentes. A continuación, les ofrezco el resultado de un 'cadáver' y de un relato construído a partir de un pie forzado:

El día en que se reunieron en aquél restorán, nadie sospechaba que sus vidas ya no serían las mismas. El llanto de una de ellas daría paso a la historia de todas las que allí se encontraron. Se habían juntado esa tarde, después de una larga ausencia, y casi sin reconocerse. Sin embargo, se abrazaron silenciosamente.

¿En cuánto tiempo más nos veremos? pensaba una de ellas, mientras oía la conversación de sus amigas. Sólo los olores podrían acercarla a los recuerdos, a las vivencias que tan fuertemente aferradas estaban en ella.

'Cuando me recuerdes, piensa que te estoy enviando un beso' repetía otra, aludiendo a la frase que su pareja de entonces le había dicho cuando debieron separarse. Sí, un beso tan sincero como el que se entregaban ahora todas, en ese encuentro indescriptible que todas comenzaban a registrar, impresionadas por la sencillez, la cordialidad y la lealtad que parecía invadir el comedor reservado sólo para ellas.

En fin, eran un grupo lleno de alegrías, de fortaleza, de riqueza exquisita y sobre todo, de solidaridad y cariñoso respeto el que marcaría -todas lo esperaban- los innumerables futuros reencuentros.

Cien Fuegos Dos

Los muchachos caminaban por una calle llena de tienditas abarrotadas de objetos exóticos que eran ofrecidos al paso por sus dueños: baratijas, antigüedades, hermosos cuadros, artesanías. Admirados, al ver una túnica de la Región, se detuvieron a mirarla con embeleso: negra, bordada con hilos de oro, parecía relucir ante los ojos curiosos de los jóvenes. Entre ellos fluía el entusiasmo. Tenían que comprarla, pero no tenían dinero suficiente. Entonces elaboraron una estrategia: uno de ellos, trataría de hacerse entender para lograr una rebaja. Eligieron al más joven de los tres - el ‘triángulo’ solían llamarse.

El muchacho se paró frente a la tiendita. La dueña, una mujer vieja, comprendió de inmediato. Cogió la túnica y se las entregó sin cobrarles, porque supo que eran tan humildes como ella.

Alumna de Cien Fuegos Uno

1 Comments:

Blogger v said...

Campesina... ¿siguen existiendo estos talleres?

5:13 PM  

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