Memorias del olvido

Con los ojos apenas entreabiertos, seguí el haz de luz hasta la pared del dormitorio: el foco directo sobre el escenario que se abría sólo para mí. Parecía abrochar su camisa, sigiloso, calzaba ahora sus zapatillas -las mismas que usó ese día en que saltamos al abismo del adulterio-, cerraba, uno a uno, los botones y se alisaba inútilmente el mechón de pelo que luego caería (no necesitaba verlo para saber) sobre su mirada parda. Suspendida, lo vi hacer el último gesto, antes de que esa madrugada bajara su telón de frío: estiró el brazo izquierdo hasta alcanzar el chaleco que colgaba de la silla, giró su cuerpo blanco hacia la puerta y cruzó, traspasando el umbral y los años, despegando del suelo, con esa repentina maestría de fantasma que adquirió desde esa noche, para siempre.


9 Comments:
Angustiosa sensación esa, cuando la pasión dura lo justo e innecesario
Un abrazo
...y después, la desazón. Has pintado la pasión sin referirla, apenas asomándote sobre la barda, en puntillas, ojos aguzados, a punto de presenciarlo todo...
Excelente! Besos
Siempre hay uno que se vuelve fantasma antes. Cargamos demasiados muertos en los ojos.
Y lo que hace del amor algo sublime es su fragilidad. Eso que por mucho tiempo no se para de llorar.
Un abrazo cronopio desde las vecindades de los fantasmas.
tengo fantasmas y no-fantasmas, esos que pudieron ser pero no fueron porque tuve miedo y me fui antes de verlos vestirse y cruzar ese umbral, saludos, c.
así aman los espectros.
gracias por los saludos cumpleañeros, c.
Sus deseos son ordenes. A vuelta de correo mi nueva dirección. Le parece?
Un abrazo,
no fui a ver a Silvio, últimamente prefiero escucharlo de guata en mi cama, ¿tú fuiste?... saludos, c.
vivo llena de fantasmas... seguro porque no me di la posibilidad de hacerlos reales
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