Thursday, August 24, 2006

Nicanor, Lobos, espacios recuperados


Todo está en su lugar, las golondrinas en la torre más alta de la iglesia, el caracol en el jardín, y el musgo en las húmedas manos de las piedras. No se puede dudar, éste es el reino del cielo azul y de las hojas secas, en donde todo y cada cosa tiene su singular y plácida leyenda...
...algo me dice que la vida no es más que una quimera, una ilusión, un sueño sin orillas, una pequeña nube pasajera...
...a estas alguras siento que me envuelve el delicado olor de las violetas...

La imagen de Pedro Lobos es como el recuerdo de Parra, como una foto en blanco y negro que habla, a su modo, de los colores, del amor.

Pocos sabrán de inmediato a quién pertenecen estos versos, porque en ese impulso estigmatizante que siempre intenta imponerse, reducimos la humanidad de los otros. Es (no he podido librarme de su presencia en estos días) Nicanor, tan Nicanor para sus cosas, ahora, a pesar suyo, haciendo noticia en el centro mismo de la legitimación cultural chilena: allí donde, hace mucho o poco (depende del cristal con que se mire) estuve con amigos del alma, a su modo irreverentes como el poeta, con los ojos vendados y las manos esposadas, sin haber podido imaginar siquiera, ni en el más bello sueño, que un día iría, libremente (nunca mejor dicho), a ver una exposición de esas 'obras públicas', en ese mismo sitio, tan oscuro entonces, tan luminoso hoy. Esta polémica político-estética, aún cuando devela las grietas de esta democracia que camina insegura por las calles de la patria, es sana para el alma. Lo otro es ya pasado, eso sí, de ese que no hay que olvidar para no repetirlo.