Memorias del olvido

Con los ojos apenas entreabiertos, seguí el haz de luz hasta la pared del dormitorio: el foco directo sobre el escenario que se abría sólo para mí. Parecía abrochar su camisa, sigiloso, calzaba ahora sus zapatillas -las mismas que usó ese día en que saltamos al abismo del adulterio-, cerraba, uno a uno, los botones y se alisaba inútilmente el mechón de pelo que luego caería (no necesitaba verlo para saber) sobre su mirada parda. Suspendida, lo vi hacer el último gesto, antes de que esa madrugada bajara su telón de frío: estiró el brazo izquierdo hasta alcanzar el chaleco que colgaba de la silla, giró su cuerpo blanco hacia la puerta y cruzó, traspasando el umbral y los años, despegando del suelo, con esa repentina maestría de fantasma que adquirió desde esa noche, para siempre.
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